miércoles, 19 de marzo de 2014


Prostitución, otra forma de violencia contra las mujeres


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CRISTINA DOMINGO PÉREZ La sociedad rechaza a las mafias que trafican con mujeres y a los proxenetas, pero aún existe una gran tolerancia social a la prostitución. Por una parte, el imaginario social aún no vincula las mujeres prostituidas con penuria. Todavía pesa la falsa idea de la señora que se prostituye por gusto. Por otra par­te, hay una gran comprensión a los clientes. Se habla incluso de la función social de la prostitución: prostitutas para hombres tímidos, enfermos, acomplejados, para hombres inmaduros que no quieren compli­carse la vida con relaciones reales, para maridos que no saben tirar una canita al aire si no es pagando... También hay mujeres tímidas, enfermas, acomplejadas, inmaduras, solitarias... pero ellas gestionan sus frustraciones e incapacidades sin comprar personas por horas.
Por otro lado, en esta sociedad tan mercantilizada, el acuerdo entre dos personas mayores de edad parece que legitima cual­quier transacción. Pero ¿reglamentaríamos acaso la venta de órganos entre adultos? Precisamente está prohibida para proteger a los más débiles, a los más pobres. ¿Y por qué no considerar que las relaciones prostitucionales también se dan entre una persona que se ha visto obligada a prostituirse y otra que se aprovecha de esa situación de necesidad para vulnerar, aunque sea con dinero por medio, su integridad física?
Esta lacra no debería existir en una sociedad que se reclama humanista y reivindica el respeto a las personas y la protección a los más desfavorecidos. Si queremos relaciones libres e igualitarias no podemos permitir que los hombres aún compren el cuerpo de las mujeres, y más aún que otros hombres (los proxenetas) y empresas formadas por hombres (los clubes de alterne) se lucren con este comercio. La sexualidad debería ser una forma de comunicación interpersonal libremente aceptada.
Por eso, la reglamentación de la prostitución genera tanto rechazo, porque supone legitimar, e incluso banalizar, la vejación sistemática de miles de mujeres. Considerar a las mujeres prostituidas trabajadoras sexuales y darles un carné supondría que la sociedad no sólo permite la prostitución, como pasa ahora, si­no que no la considera denigrante. De hecho, Anela (Asociación de Clubes de Alterne) quiere que se cree la rama de las trabajadoras sexuales, porque «es necesario ofrecer al cliente una mercancía limpia, sana y siempre renovada». Querrían que aquí se siguieran los ejemplos alemán y holandés, donde los estudios demuestran que la regulación condujo al aumento explosivo de la industria del se­xo, a una mayor participación del crimen organizado en sus empresas, a un dramático aumen­to en la prostitución infantil y a un incremento de la violencia contra las mujeres.
No nos engañemos: igual que la solución al sufrimiento de los esclavos no fue que los amos los trataran bien sino que el esclavismo dejara de existir, la erradicación del sistema prostitucio­nal tendría que ser uno de los grandes objetivos del milenio, y no sólo para acabar con la trata de mujeres y el proxenetismo, si­no también porque permite que algunos hombres se aprove­chen de la situación de necesidad de muchas mujeres. Y la sociedad no debe ser comprensiva ni permisiva con estos señores: son el último elemento de la cadena prostitucional y ya es hora de que su responsabilidad comience a ser visible.
Por eso tenemos que empezar a estudiar el caso sueco, donde en 1999 se aprobó una ley que castiga la compra de servicios se­xuales y despenaliza la venta de éstos. La prostitución se considera un problema social, una parte de la desigualdad de géne­ro, otro aspecto de la violencia y una forma de explotación masculina contra mujeres, niñas y niños. El Estado destinó fondos para ayudar a las prostitutas que querían salir de la industria y en pocos años la cantidad de prostitutas se redujo en dos tercios y la de clientes, en el 80%. Además, es nula la cantidad de extranjeras que ahora intentan ser introducidas ilegalmente para comercio sexual.
Hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre y reconocer que la prostitución es otra forma de violencia, ancestral y devastadora. Por esto, ya va siendo hora de que empecemos a cambiar de rumbo y pasemos de la banalización y la tolerancia social al rechazo de esta forma de violencia y a la búsqueda de soluciones, que tendrán que ser una combinación de medidas sociales de reinserción y apoyo, educativas, y también jurídicas que empezaran a ponerlo difícil a los proxenetas y a los clientes.

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